Hoy he dado uno de esos paseos que tanto me gustan por Madrid. He merendado en el Van Gogh café de Moncloa y luego he callejeado por la zona, y lo he hecho con mi mujer y mi hijo. Ha sido genial (como suele ser).
El otro día en un curso que estaba haciendo salió en la comida el tema de los sueños cumplidos y otras cosas que no vienen a cuento con lo que se celebra pero salen a debatir (vaya usted a saber porqué) y se oyò de todo, desde el que quería comprarse una isla al que cumplió los suyos de comprarse una Harley y visitar la tumba de Elvis. Cuando llegò mi turno (porque en esas conversaciones morbosas todos quieren saber de todos) yo dije que mis sueños también se habían cumplido, a saber: conocer a la mujer de mi vida y tener una familia maravillosa (y al que no le guste que no mire, como decía aquel...). Ante la mezcla de miradas, entre socarronas y admiradas (supongo yo que por la sencillez y romanticismo de mi confesión, añadí que eso era lo principal para mi, y lo demás secundario. De verdad que no me estoy tirando el moco no nada así, es la verdad, y aunque tengo otros anhelos (una moto, conocer Japón,...) últimamente me he dado cuenta de que los puedo aplazar mientras lo importante no me falte, lo que me lleva a la cuestión del titulo.
Madrid puede ser un coñazo, puede ser ruidosa, abarrotada e insoportable a veces; pero me gusta. Y me gusta sobre todo porque, como dice la canción de Barricada, Blanco y Negro: "durante horas puedo ser capaz, de emocionarme con sus calles de andar inmortal, aprendiendo cada esquina...", y puedo perdedor por sus venas en la mejor de las compañías hablando de temas sesudos y no tan sesudos. El tiempo se detiene y disfruto cada paso que doy hablando, pensando, filosofando e incluso en silencio... Por todo eso y mucho más me gusta Madrid. Que le voy a hacer, aunque de adopción pero soy gato, gato.

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